El pescador solitario

Estándar

En una isla vivía una familia de pescadores que últimamente no pescaban mucho porque la gente que visitaba la isla contaminaba con sus deshechos y los peces se morían. El padre estaba muy apenado y un día les dijo a sus tres hijos:

– La pesca está escaseando y tenemos que buscar una solución, por eso os he reunido para que juntos lleguemos a remediar esta situación.

Cada hijo aportó una idea según su visión. El hijo mayor dijo que fueran a decirles a los que contaminaban que no apareciesen más por allí. El mediano dijo que podrían ir en busca de otros horizontes para probar fortuna y el pequeño opinaba que era mejor buscarse otro trabajo. El padre eligió la idea del hijo mediano y al día siguiente cada uno cogió una barca y se dirigieron el mayor al norte, el mediano al sur y el pequeño al este. El padre los esperaba de vuelta en una semana y si no habían encontrado nada irían al oeste todos juntos.

El hijo mayor dirigiéndose al norte se encontró a un pescador y este le preguntó:

– ¿Qué buscas?

– Nuevos horizontes donde probar fortuna.

Y el pescador le dio una caña de bambú y le dijo:

– No la pierdas, te servirá de mucho.

El hijo mediano navegando al sur se encontró con otro pescador y este último le preguntó:

– ¿Qué buscas?

El hijo mediano le contestó:

– Busco el banco de peces que dará de comer a mi familia.

Y el pescador le dio un carrete de hilo de sedal  y le dijo:

– Ten cuidado y no lo pierdas.

El hijo pequeño navegaba rumbo al este cuando se cruzó con otro pescador y le preguntó:

– ¡ Oiga, señor! ¿Sabe donde se puede encontrar pesca en abundancia?

– No, joven marinero, por aquí no hay pero te daré un anzuelo que no has de perder.- dijo el pescador.

A los siete días volvieron a casa donde les esperaba el padre. Les contaron sus aventuras y vieron que cada uno llevaba una parte de una caña de pescar: una vara de bambú, un sedal y un anzuelo, pero no sabían como montar aquella extraña caña y además no habían traído ni un solo pez. Todos juntos se dirigieron al oeste como habían acordado. Vieron una isla en medio del océano y allí encontraron a un pescador solitario que si sabía como montar aquella sencilla y peculiar caña. Ninguno de los hijos se dio cuenta de que aquel solitario hombre era el mismo que les dio, parte por parte, aquella herramienta de pesca. Y una vez montada la caña el pescador les dijo que volvieran a su isla y que probaran suerte.

De aquella salida al oeste no trajeron tampoco ningún pescado, pero al volver a casa todos los días pescaban kilos y kilos de peces con la caña de aquel pescador solitario que les enseñó el valor de la unión y la confianza.

Y así esta familia vivió muy feliz por siempre.

Ariadna, 9 años (2004)

Imagen de la red

Imagen de la red.

 

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