La historia de Amada

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Érase una viejecita llamada Amada, de pelo castaño y medio blanco, con ojos negros y pequeñas orejas, que vivía sola en una montaña muy, muy lejos del pueblo que había por aquel lugar. Su casa era una cueva derruida. Todos los inviernos nevaba muchísimo pero este año mucho más por la ola de frío polar; ella estaba acostumbrada al frío ¡pero no tanto!. Con tanto frío la piel se le arrugaba muchísimo y cada una de sus arrugas se le congelaba y apenas podía moverse o comer, pero el día 27 de enero de ese invierno tan helado algo extraño pasó. Amada estaba intentando dormirse cuando oyó soplar el viento y su piel empezó a arrugarse más y más pero al mismo tiempo su tamaño iba reduciendo hasta convertirse en una muy pequeña viejecita, tan pequeña como un garbanzo. ¿Qué le estaba pasando?

Amada nunca bajaba al pueblo porque cuando alguna vez lo había hecho todo eran miraditas y cuchicheos  de los pueblerinos, pero ahora con su nuevo tamaño podría bajar sin ser vista, pensó. El invierno era muy crudo y allí abajo lo pasaría mejor. No cogió nada para el camino porque aunque tenía poco todo era de gran tamaño. Así que emprendió el viaje sin pensar que ahora la distancia que le separaba del pueblo, siendo la misma, para ella era mucho mayor. Tras mucho andar y andar sobre la nieve y con el viento a su favor que a veces le hacía volar, llegó antes de lo previsto.

Al llegar al pueblo la primera casa que vio fue una tienda de mantas, ¡que suerte!, y por una rendija de la puerta entró. Había muchísimas estanterías llenas de mantas y se escondió entre ellas pasando, sin darse cuenta, horas y horas durmiendo tan calentita como nunca había estado antes. Durante este tiempo soñó que vivía con una gran familia que la quería, y que jugaba con sus nietos, porque la verdad su gran ilusión era ese sueño: formar parte de una familia que le tuviera cariño y no vivir sola y olvidada. Unos movimientos bruscos la hicieron despertar de aquella ilusión y cuando quiso darse cuenta se encontró empaquetada por un papel de colores. Seguramente alguien había comprado la manta, así que se quedó muy quieta y esperó allí una noche más.

Al atardecer del día siguiente abrieron el paquete donde aguardaba Amada y en ese momento vio la cara de una niña feliz. Se oyó la voz de una madre que preguntaba:

– ¿ Te gusta?

–  ¡Me encanta!. – Contestó la niña, ocultando una cosa diminuta entre las manos.

Su madre pensó que se trataba de algún regalito que venía con la manta, cualquier tontería que la dueña de la tienda le había puesto como detalle por la compra, pero no le dio la menor importancia.

Amada estaba muy quietecita entre las manos de la niña y esta la llevó a su habitación donde la pequeña viejecita dijo un hola muy bajito y comenzó a conversar con la niña. Le contó su historia y cómo había llegado hasta allí. Este secreto siempre lo guardaron y fueron amigas inseparables durante muchos, muchos años. Amada nunca más pasó frío en aquella cueva que dejó en las montañas, ahora vivía en una casita de muñecas en la habitación de su amiga y su sueño de ser querida y pertenecer a una familia por fin se hizo realidad.

 

Ariadna, 10 años  (2005)

 

 

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