Un torbellino de recuerdos

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Hace tiempo, en un pueblo muy lejos de aquí y que no se sabe donde está, vivían dos ancianos. Eran un matrimonio, doña Carmen y don Emilio, de alrededor de 70 años. Desde hacía cuarenta años vivían en una casita muy arreglada y limpia. Nunca tuvieron hijos, muy a su pesar, pero siempre estuvieron unidos y la vida les trató bien.

Una noche de junio de 1996 se acostaron un poco más tarde de lo habitual porque tuvieron problemas  en su huerto. Una acequia se había desbordado y tuvieron que sacar el agua y recoger las hortalizas que habían salido nadando hacía el camino. Un auténtico desastre y mucho trabajo. Aquella noche pocas horas después de acostarse, sobre las cinco de la madrugada, la casa comenzó a temblar y luego a dar vueltas y vueltas. Parecía que un tornado se hubiera apoderado de la casa. Carmen y Emilio se despertaron sobresaltados y se abrazaron fuertemente para mantenerse unidos entre tanto alboroto. Fueron unos minutos angustiosos y sin más, de repente, la casa se quedó quieta. Echaron un vistazo por la ventana y todo parecía tranquilo, pero dentro de la casa había un auténtico desorden.Ya estaba amaneciendo y Doña Carmen, que era muy decidida, se levantó de un salto de la cama, con más agilidad que nunca, y al pasar junto al espejo del tocador, sin casi creérselo, vio a una joven Carmencita, como si el tiempo hubiera retrocedido.Se dio la vuelta hacia Emilio y vio que le había sucedido lo mismo pero que se había quedado dormido ajeno a aquella circunstancia. Rápidamente lo despertó y llenos los dos de sorpresa y alegría olvidaron lo mal que lo habían pasado aquella noche.

Se vistieron y salieron a la calle, dirigiéndose a la plaza del pueblo, donde Carmencita se encontró con su madre y juntas se fueron a comprar, tal que ese día había mercado. Emilio vio a su padre, que estaba jugando una partida de mus, y se sentó junto a él en una de las mesas de la terraza del bar de los cazadores. Todo era como años atrás.

Carmencita y su madre llevaron la compra a casa y en el fuego de  la cocina bullía una cacerola enorme con su comida favorita. Emilio, después de echar la partida, acompañó a su padre al huerto. Cada uno por su lado se dejaban llevar por aquella segunda oportunidad que les daba la vida y se preguntaban si aquello que pasó durante la madrugada podía haber sido la causa de lo que les estaba pasando.

La tarde estaba ya cayendo y Carmencita y Emilio se dirigieron a la fuente, como tantas veces lo habían hecho siendo novios. Allí, debajo de una higuera enorme que había junto a la fuente hablaron durante horas como hacía tiempo no lo habían hecho. Llegó la noche y sin quererlo se quedaron dormidos.

Un rayito  de sol, que entraba por entre las ramas de la higuera, los despertó al día siguiente. Se miraron con la ilusión de volver a verse como el día anterior, jóvenes, pero volvían a ser dos viejecitos arrugados y cansados, algo más desilusionados que nunca. Aquello no podía haber sido un sueño.

Y realmente no se trataba de un sueño, porque cada noche del resto de sus vidas vivieron un día de su juventud, ya que en este lejano y misterioso pueblecito  es un regalo de la tierra volver hacia atrás en el tiempo y que los recuerdos sean realidades presentes y volverlos a disfrutar e incluso cambiar cosas que queremos olvidar.

¡Ójalá supiéramos donde está este lugar!

-Mamá, papá,¿otra vez os habéis quedado dormidos bajo la higuera?

-Hija mía, cuando tengas nuestra edad lo comprenderás, siempre y cuando vivas en este pueblecito tan singular.

Y doña Carmen y don Emilio se abrazaron y caminaron junto a sus nietos, que también los habían venido a buscar.

 

Ariadna López, 10 años  (2006)

 

 

 

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