La residencia

Estándar

Hace unos cuantos días, en una residencia de la tercera edad próxima a mi casa, ocurrió algo extraño que ahora os voy a relatar. Una pacífica noche, más o menos sobre las ocho, un hombre muy raro llegó a la residencia. Llevaba un sombrero gris, una casaca muy larga y tenía barba junto con un amplio bigote. En su regazo portaba un bonito ramo de flores. Una vez dentro se acercó a una de las enfermeras que había en el mostrador y le dijo:

-Buenas noches. Tenga este ramo, es para la residencia. Espero que les guste a todos.

-¡Gracias! -dijo la enfermera.- Seguro que les encantará. Pero…

Y aquel hombre sin mediar más palabra se dirigió hacia la puerta y se marchó.

La enfermera se quedó con la palabra en la boca y un poco sorprendida. Colocó el ramo en el pasillo que lleva a las habitaciones, en un jarrón que había sobre una mesita pequeña. Los residentes terminaron de cenar y al pasar camino de sus habitaciones vieron el ramo. A todos les encantó el regalo del hombre extraño y se sintieron muy felices de que alguien a quien no conocían se hubiera tomado la molestia de regalarles aquel precioso ramo. De esta manera cada uno se metió en su habitación a dormir.

A eso de las tres de la madrugada, cuando todos dormían, aquel ramo empezó a iluminarse y poco después unos pequeños seres comenzaron a salir por entre las flores. Eran como luciérnagas, luminosos, pero vistos de cerca resultaban ser duendecillos o hados diminutos. Eran muchos y se metieron en las habitaciones por las cerraduras para así conseguir abrir las puertas sin hacer ruido. Cogieron el peine de María y un perfume. También cogieron una camisa y unos pantalones de Nicolás. Así habitación por habitación con la finalidad de cambiarlos de sitio. Por último se dirigieron a la cocina, donde se comieron todos los dulces que Modesta, la cocinera, había preparado para el desayuno.

Al día siguiente se formó un caos. Ningún anciano encontraba sus cosas y lo que era de uno lo tenía el otro, con las consiguientes sospechas y discusiones. La tranquilidad de la residencia había desaparecido. Todos querían hablar con el director para que pusiera límite a aquella situación. El director intentó calmarlos y prometió encontrar al gracioso que se había dedicado a cambiar las cosas de sitio y añadió que el que hubiera sido ya no tenía edad para estas tonterías y que tendría con el responsable una conversación donde le advertiría de las consecuencias de estas acciones. Pero a la noche siguiente sucedió lo mismo, así que la tercera noche decidió quedarse sentado en medio del pasillo para controlar al gracioso.

Sobre las tres de la noche volvió a suceder, los seres diminutos salieron de las flores y empezaron a hacer de las suyas. El director al verlos se quedó sorprendido e inmóvil por unos segundos pero al reaccionar comenzó a darles una reprimenda. Y los pequeños asustados dijeron:

-¡Por favor, no nos hagas daño!, somos prisioneros  de las flores y todas las noches nos vemos obligados a cambiar las cosas de sitio porque ellas nos lo ordenan. Nuestro príncipe murió y hemos quedado esclavos al servicio del jardinero.

-Bueno, bueno…calma, no voy a haceros daño pero esta situación debe cambiar.

El director no se lo podía creer. Este fenómeno tan extraño  debía ponerlo en conocimiento de los ancianos para que volviera a reinar la paz en la residencia. ¡Eso es! Ya tenía la solución: nombrarse príncipe para que obedecieran sus órdenes y dejaran de ser esclavos de ese extraño señor que apareció aquella noche.

Bien temprano reunió a todos los ancianos en el salón de actos y les presentó a los pequeños personajes que, obedeciendo a su príncipe, no habían vuelto a las flores, que por cierto iban acompañadas de un pequeño altavoz de donde salía la voz que les ordenaba hacer tales fechorías.

Algunos de los residentes al verlos decían:

-¡Que se vayan! ¡Malditos enanos no tenéis nada más que hacer! Uuuuh,… fuera.

Y otros decían:

-¡No, que se queden, que son muy bonitos!

Y cómo había diferencia de opiniones se procedió a una votación. Estos seres diminutos se ganaron la simpatía de la mayoría de los residentes, así que se quedaron allí, con la condición de sólo obedecer a las órdenes que no alteraran la tranquilidad de los ancianos.

Pero esa misma tarde apareció ese hombre extraño que dejó el ramo de flores y preguntó:

-Por favor, ¿puede comunicarle a Florencio Rosales que su padre quiere verle?

-Por supuesto -respondió la enfermera- ahora mismo llamo al director. Mucho gusto en conocerle señor y gracias por aquel ramo tan peculiar.

-No hay de que señorita.

El director salió de su despacho aún más sorprendido que la noche anterior:

-¡Pero papá!, ¿que haces aquí?¿por qué no me has avisado antes de tu visita?

-Hijo, vine  hace unos días y traje un ramo, pero no quise decirte nada.

-¿El ramo de los  diminutos traviesos? Pero…

-No digas nada, iba a contártelo pero me hubieras tratado como a un loco, por eso preferí que lo vieras con tus propios ojos.

-Verdaderamente es algo asombroso, pero ¿de donde sacaste a estos personajes?

-Los encontré hace unos meses entre las flores del jardín, pero creía que solo eran imaginaciones mías, por eso traje el ramo, para comprobar si eran reales o no¿ Pueden quedarse aquí?

-Ya son de la familia,… incluso me he nombrado su príncipe, ¡quién lo iba a imaginar!…

Podáis creerlo o no  esto sucedió de verdad. Muchas tardes suelo ir a contar mis cuentos a esta residencia o simplemente a visitar a estas personas que siempre les alegra que alguien se tome la molestia de visitarlas. He visto a estos pequeños seres y nada ni nadie me puede decir que no existan. Si queréis ver para creer sólo tenéis que hacer una visita a esta residencia tan peculiar.

 

Ariadna López , 11 años  (2006)

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Hadas de las flores de Cicely Mary Bake

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